Cuidarme para cuidar a otros

Cuidarme para cuidar a otros

El 16 de Marzo 2020 recibí una llamada del hospital.  Era un imperativo que iniciara el periodo de aislamiento y distanciamiento social en que al día de hoy todo mundo debería estar inmerso.  Como paciente oncológico estoy en el grupo de alto riesgo ante el COVID-19.  Las recomendaciones médicas incluyeron un tajante: “El tema del Coronavirus es algo serio y cierto.  No se lo puede tomar a la ligera.  Nadie entra y nadie sale de su casa, únicamente podrá salir para acudir a citas, estudios y valoraciones médicas, compras esenciales de medicamentos o alimentos.  Su compromiso personal con su salud es prioritario.”

Así comenzó mi relación con la pandemia, con mi entorno y con mi ciudad que cada vez está más sola.  Han transcurrido varias semanas desde aquella llamada telefónica del hospital, del “nos vemos pronto” que le dije a mis compañeros de trabajo, sin saber ahora cuándo será ese “pronto”, de la última vez que recorrí el trayecto del trabajo a mi casa sin considerar que ahora el salir a la calle sin motivo está prohibido. Que la ciudad y cada persona que vivimos en ella, somos rehenes de un virus sin rostro cuyos alcances aún estamos lejos de comprender, en medio de un trabajo contra reloj del sector médico, de la OMS y otros organismos internacionales, para encontrar la vacuna, la cura, mientras se atiende a la población enferma que va en aumento. Y de paso encontrar la manera de ayudar y confortar a quienes ya han perdido seres queridos por esta causa.  

Ahora la vida se tiñe con los colores de los cubrebocas, de miradas inquietas, pensantes, silentes; de preguntas las más de las veces sin respuestas claras o cuando menos tranquilizadoras. En la mayoría de los casos la gente tiene miedo. El mismo que se refrenda cada que pasa por el cielo una avioneta con altavoces emitiendo el mensaje oficial del gobierno del estado de permanecer en casa, y no salir a la calle sin motivo plenamente justificado, de que estamos en una pandemia, de que hay que usar cubrebocas, lavarnos continuamente las manos, del espacio sanitario que hay que delimitar a la entrada de casa, etcétera.

El miedo que se instaló en los espacios públicos, parques, cines, y todo tipo de negocios ahora cerrados; en las calles desiertas donde ya no hay niños jugando, un café literario donde acudir a dejar pasar la tarde, ni opción de darle de comer a las palomas en las plazas con jardines. Los creyentes ya no tienen donde refugiar su esperanza en los cultos religiosos porque también Dios está prohibido. 

Como prohibido está el decir adiós.  Una amiga mía se suicidó de repente ante el azoro de todos. No hubo funeral y al cementerio sólo pudieron acceder sus familiares directos. La pandemia no me dejó acompañarla a su última morada. Días después, uno de mis vecinos fue internado en un hospital por presentar signos de Coronavirus, y en menos de tres semanas falleció. Tampoco a él pude despedirlo.

Me inquieta darme cuenta de que muchas personas están entrando en crisis, de que no pueden más con el aislamiento, con el estar confinadas en el espacio de su casa; sé de relaciones de pareja que están fracturándose; de relaciones familiares cuya fragilidad  evidencia lo insostenible de permanecer juntas, encerradas más tiempo.

En el fondo creo que el tema de las relaciones humanas rotas en apariencia por la pandemia, sacan a la luz un aspecto más de fondo: la incapacidad de estar, vivir y convivir con uno mismo primero.  Yo no puedo dar lo que no tengo.  En este tiempo de emergencia sanitaria desde que el hospital me conminó a sumar y hacerme responsable de mi persona y salud, entendí claramente la importancia de que al cuidarme yo, estoy cuidando a su vez a los demás.  Esta actitud tiene mucho que ver con el amor propio que se tenga.  Me quiero, me cuido, por lo tanto, quiero y cuido al otro sin tomar en cuenta que tan extraño o tan familiar y cercano resulte en mi vida.  La pandemia como urgente tema de salud pública, nos compete a todos sin excepción, si es que en algún momento temprano queremos retomar la vida, que eso sí, seguramente ya no será la misma.  

La pandemia nos ha puesto de pronto frente a nosotros mismos. La soledad y aislamiento queridos u obligados en que ahora estamos, nos confronta con nuestros propios recursos interiores, con nuestra propia oscuridad o nuestra propia claridad.  Y esto se traduce entre otros aspectos de las relaciones interpersonales, en el acto de cuidarme para cuidar a otros, y poder estar bien, seguros, saludables, todos.

La pandemia también es una oportunidad de valorar lo que es realmente importante en la vida, la diferencia entre lo transitorio y lo que perdura, lo que me distrae de mí mismo o me acerca a mi ser. Estar con uno mismo debería ser natural, pero sé que para muchos es imposible e intolerable. Al no tener los distractores propios de la vida moderna, sólo me tengo a mi mismo. Es una oportunidad única de reconocerme, saber de qué estoy hecho, cuáles son mis fortalezas y mis debilidades, trabajar en mi completud y hacer la parte que me toca en este momento histórico: cuidarme para a su vez cuidar a los otros. 

Carl G. Jung dijo: “Nacemos en un momento determinado, en un lugar determinado y, como las cosechas de vino, tenemos las cualidades del año y la estación en la que nacimos.”

La experiencia de esta pandemia, debe ser la apuesta a recuperar la vida con mayor fuerza y dignidad. Si devenida de ella, ganamos además el reencontrarme y recuperar lo que yo soy, seremos como dice Jung una cosecha con la cualidades del año y la estación en que nacimos. Entonces hablaremos del Coronavirus no sólo como un ente que trajo destrucción y muerte, sino también crecimiento y nueva vida. 

Martín Mónico

Diseñador. Infatigable lector y columnista. Libertario, apasionado de la ecología.

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Comentario (1)

  • Sebastián

    Bastante de acuerdo. Reflejemos lo qué hay dentro de nosotros en este momento donde no solo yo me necesito reconocer sino aceptar y reconstruir de ser necesario.
    En las crisis se brilla o se muere. Que camino deseo seguir?

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