Mi Facebook falso

Nuevas amistades me lo requirieron, creo. Me parece recordar que dijeron que yo no podía continuar desconectado de la sociedad, o de la comunidad, o de la gente, o como sea que le hayan llamado. Les expliqué que ahí estaba mi familia y mi familia lo sabía, pero no lo aceptaba. Supongo que eso debí haber dicho. Entonces, me pidieron una cuenta adicional en la que ellos pudieran estar en contacto conmigo y con las poquísimas personas que aceptaban aquella gran verdad. 

¿Así fue como sucedió en realidad? Quizá. Con los años, las historias fluyen en un multiverso de lo que realmente sucedió, lo que narraste, lo que entendieron las personas que en realidad te escucharon, y aquello que ahora recuerdan. Cuando una persona miente constante y sistemáticamente, llega a convertirse en su propio personaje, el protagonista de sus relatos. Alguien cuyo apellido inicia con la misma letra que la del apellido real, ‘C’ de Casta, ‘C’ de Castañeda, ‘C’ de Castillo. Cuando uno miente constante y sistemáticamente durante años, corre el riesgo de olvidar su verdadera historia.

Para efectos de este relato, supongamos que así fue como sucedió en realidad. Di de alta mi Facebook falso con un apellido similar al mío, pero incompleto. Además, le agregué una ligera variante, una sencilla y mustia vocal que le diera estilo a mi nombre, que me dotara de la ligereza y la jocosidad de las que yo carecía en realidad. 

A partir de aquel día, mi atención viraba entre una cuenta y la otra. En el Facebook real saludaba a la tía y le agradecía por su mensaje lleno de optimismo acompañado de un dibujo de Piolín, felicitaba a la prima por haber dado a luz una vez más, me reía del chiste patriarcal del tío y le contaba algunas noticias ‘decentes’ a mi madre. Le enviaba ‘me gusta’ a todas las fotos de mis sobrinos y saludos a mi abuelo en el más allá, sin reparar en el hecho de que él nunca abrió una cuenta. Él se nos fue en 1997, en aquellos benditos años previos a las redes sociales, mucho antes de que los teléfonos inteligentes nos convirtieran en humanos estúpidos.

En el Facebook falso, en el que se agregaban personas que recién había conocido el fin de semana, hablaba de fiestas, de las películas que veía, de los libros que leía y del idioma que estudiaba. Almodóvar y Wilde se mezclaban con fotografías nocturnas que me tomaban en una calle del Centro Histórico, casualmente, llamada ‘República de Cuba’. En esa cuenta hablaba de lo que en su momento me parecía real. 

Así transcurrieron años en los que mi virtual atención se bifurcaba en dos grandes grupos de personas, las que lo sabían y me aceptaban y, por otro lado, las que no lo sabían o no lo aceptaban. Dividía mi historia en dos tipos de realidades, lo que era decoroso y las otras muchas historias que se suscitaban generalmente los fines de semana. Representándome con la letra de aquella canción noventera que versaba ‘Camaleones travestís que de día son gerentes, en la noche se convierten en lindas flores de lis’. En aquel entonces no percibíamos la ofensa, la burla, la discriminación y el odio como lo hacemos hoy en día. Yo no era travestí ni gerente, mucho menos flor de lis, pero sí era un camaleón, mimetizándome con lo que hacía con el visto bueno de mi pueblo natal y luego mutando mis tonos a lo que hacía sin él. ¿Quién no enloquecería?, la vida per se es demasiado complicada sin necesidad de volverla divergente.

Cuando finalmente me harté de la vitrina en la que aún vivía, mis contactos comenzaron a mudarse a mi Facebook falso. Casi se podría pensar que sucedió poco después de que las grandes marcas nos dieran su visto bueno para existir. Si Absolut Sico comenzaron a aceptarme, entonces, ¿por qué no lo haría mi amiga la más borracha? Casi a la par con el incremento exponencial de asistentes a la marcha LGBT+, comenzó la transición de mi red social con ese gran grupo que había dejado en el limbo, el grupo de las personas que no sabían, pero en caso de saberlo, me aceptarían. Fue una migración que necesitaba de su propio ritual, como todo en mi procedimental existencia con su sol en la casa de virgo: 1) Se salía del closet con la persona en cuestión para saber si continuaría presente en mi vida o si se alejaría como decenas de personas devotas lo habían hecho antes. 2) En caso de que la persona en cuestión decidiera continuar en mi historia, se le informaba que le llegaría una solicitud desde otra cuenta. 3) Se le enviaba solicitud de amistad desde mi Facebook falso. 4) Se esperaba a que aceptara la solicitud de amistad. 5) En cuanto lo hacía, se le eliminaba de la lista de amistades de mi cuenta real. Este último paso era el más importantes, para que Dios guardara la hora en la que mi cuenta falsa pudiera aparecerle como ‘sugerencia de amistad’ a mis parientes en el pueblo.

Una a una, decenas de amistades fueron migrando a mi cuenta falsa. Esa en la que salía de viaje, en la que publicaba lo que pensaba, en la que plasmaba alegrías y anhelos. Mientras tanto, mi cuenta real fue tomando la forma de lo que realmente era, un cascarón vacío, una máscara, una fachada, la carta de presentación de alguien que no deseaba ser presentado, un personaje con decenas de notificaciones sin ser atendidas y con nuevas solicitudes de amistad de personas que recién había conocido en alguna reunión laboral. Parecía que mi silencio les respondía lo que debía haberles gritado el sentido común: te acabo de conocer, no somos amigos, si quieres hablar de trabajo, búscame en LinkedIn. Si algún día te considero como una amistad, entonces recibirás una invitación de alguien que tiene mi rostro sobre la leyenda de otro nombre. Deja mi privacidad pública en paz…, ‘mi privacidad pública’…, ¡jah! 

Y así, tras muchas migraciones, sucedió lo que debía suceder. Mi Facebook falso se convirtió en el real. Ahí están los contactos de prácticamente todas las personas que en algún momento han sido importantes para mí. 

El que ahora es mi Facebook falso permanece en línea, con una foto que me tomaron en 2009 en el Parque España. Vistiendo pantalón y camisa de manga larga abotonada al tope, como todo un señorcito, como se acostumbra en el pueblo que me vio nacer. Ahí se quedará aquella cuenta inerte. Una ciénaga turbia repleta de notificaciones musgosas. Con las imágenes de Piolín que mi católica tía no deja de enviar. Con una nueva solicitud de amistad de vez en junta, una solicitud que no será atendida. Con felicitaciones en una fecha en la que ni siquiera nací, felicitaciones que no responderé. Ahí se quedará mi cuenta, acompañada de todas las mentiras que solía decir y que ya no digo más. Mi insurrección finalmente venció al personaje que diseñé para satisfacer las necesidades de las personas. Ahora mi Facebook falso es precisamente ese. Aquel que no conoces ni es necesario presentarte. Ahí no están las carpetas de mi historia fotográfica. Ahí no hay nadie.

Ricardo Castañeda

Consultor intentando actuar localmente, cinéfilo, runner, fan de la bandera del orgullo.

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