La miseria de la culpa

No sé en que momento me perdí, pero ya pasaron muchos años. Miento. Quizá si lo sé, no con exactitud, pero lo sé. Sé de dónde viene. Aunque en apariencia logré liberarme, muy en el fondo la culpa sigue. Nacer diferente, ser diferente, tiene un precio. Salirte de las normas, de lo establecido, siempre es así. Pero mira, sin la diferencia el mundo sería absurdo, aburrido, seguiríamos en las cavernas. Eso lo sé acá, en la cabeza, pero acá, en el pecho, en el cuerpo, a veces dudo. Captarlo en la cabeza, no significa sentirlo o saberlo manejar, actuarlo.

La culpa siempre te la instalan otros o te la heredan. Ya sea porque te señalan a ti o lo señalan en los demás. No me malinterpretes, en algunas cosas está bien, esa culpa que viene de la vergüenza, que a su vez viene del miedo, porque limita al ser humano, evita que se haga algo que dañe a otros. El problema es que no siempre nos enseñan a no hacernos daño a nosotros mismos. Al contrario, parece que hay que pagar cuando te señalan por algo que no les gusta a los demás.

Es fácil instalar la culpa, pero muy difícil retirarla y más porque va de la mano del sacrificio. Ahí comienza el dolor. El sacrificio estéril, que no repara nada, porque no puedes pagar lo que no elegiste. Pero el ser humano es el único que puede dedicar su vida a pagar en nombre de la pertenencia, de agradar a otros, de ser aceptado, de ser querido y más por la familia.

Eso hice yo por años. Compensar. Pagar por lo que soy. Tratar de dejar el “error”, el “defecto” en segundo plano y ponerme como tapete de otros, así verían primero al bueno, al noble, al educado, al obediente, y después lo que tanto incomodaba.

Para mí dejó de funcionar. Terminé por hartarme, por sentirme perdido. Perdido de mí. Sé que no siempre ocurre, hay personas que pueden vivir así toda la vida. Pero yo no podía. El precio es demasiado alto. Se paga con la vida, con la salud, con la soledad, con lo que de verdad te importa. Así que, o te reconcilias contigo y tu pasado, o siempre vivirás donando las riendas de tu vida a un verdugo que te flagele, que te lo haga pagar.

Por eso la gente se vuelve especialista en buscar personas que dañan. Después se quejan, dicen que lo dieron todo y les fue mal. Se crean un falso orgullo, donde juran que ellos sí saben amar. Pero no. Si no te amas ni respetas lo suficientes ¿qué miseria de amor entregas?.

En las relaciones humanas cada parte tiene responsabilidades. Eso es innegable. Como también lo es que la pareja, los amigos, no salen de regalo en un huevito Kínder, uno los elige con lo que conoce, con lo que cree que es o merece. Incluso las relaciones con la familia, que no las elegimos, se pueden aprender a vivir de otra manera. Pero para eso, primero debemos adueñarnos de nosotros mismos y ese camino requiere valor y no todos lo tienen. Hay muchos que prefieren cerrar los ojos y creer que con un corte de cabello cambia su vida, luego llevan tres cortes, y su vida sigue hundiéndose.

El ser humano no ha aprendido a mirarse, a conocerse, a asumirse. La gente huye de sí misma, porque no sabe mirarse con sus propios ojos, lo ha hecho a través de otros, siempre de otros. Así nos construimos. Otros nos enseñan. Pero llega una edad en que todos tendríamos que parar y comenzar a mirarnos. Pero duele mucho. Asusta. Hay tantas ideas, creencias, perspectivas e historias, que ante tanto enredo prefieren quedarse igual, como mascotas, como los hijos perfectos, los obedientes, como parejas ejemplares que se quedan callados, aunque paguen no realizando su vida.

No podemos darle gusto a todos. Es imposible. Tardé en aprenderlo. Habrá a quienes les guste lo que somos, y habrá a quien no. Es válido. No podemos cumplir las expectativas de todos. Asumir eso, es crecer.

Si lo vemos bien, la culpa es infantil. Por un lado buscas culpar o señalar a otros, para sentirte menos mal. Por el otro, no nos hace responsables, porque sólo te deja en el dolor, en la vergüenza, y pesa tanto que sólo te ocultas, te flagelas y ya. No sales de ahí.

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica. Autor de "Las intermitencias del amor"

 

 

One Response to “La miseria de la culpa”

  1. Cosas muy ciertas que no queremos recocer lo volvere a leer y analuzsr y aplicar todo en mi y compsrtir con personas que al igual que yo estan mal por no quererse a si mismo

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