«Los Divinos» de Laura Restrepo

Recuerdo que seguí la noticia. Yuliana Samboní, una niña indígena, de tan solo siete años, que vivía en una zona marginada, había sido secuestrada, torturada, violada y asesinada en Bogotá. Era domingo, 4 de diciembre de 2016. 

De inmediato se habían levantado marchas exigiendo justicia. El crimen no sólo era claro y aterrador, sino que se conocía el rostro del culpable. Las cámaras habían captado el momento del rapto y el rastro del camino a la muerte. El asesino, era un hombre blanco, joven, de la clase alta colombiana. Un hombre que se creía intocable.

Recuerdo que el crimen me incomodó e indignó tanto que seguí las noticias. Me preocupaba la corrupción que, como en México, también impera en Colombia, donde los ricos están coludidos con el poder político para tener libre tránsito y las manos limpias ante el mundo. Pero los ojos estaban puestos en el país del Sur. Ya no se podían cerrar.

Las noticias corrían a raudales. Había programas, artículos, entrevistas. El dolor había marcado a la capital colombiana. En un juicio rápido para la burocracia entorpecida que suele existir, se llevó a prisión al culpable. 58 años de cárcel. No era la pena máxima que se pedía. Aunque, como escribe Laura Restrepo, ese tiempo “Suena infinito y sin embargo es poco, no hay vida que alcance para pagar lo que hizo” (p.217). 

Aun hoy en día, falta por resolver la participación de sus hermanos que tal parece y se presume, alteraron la escena del crimen para borrar huellas y ayudar a su hermano a salir bien librado. Los dos son abogados y conocen el tejido de la inculpabilidad creada, disfrazada.

Un par de años después, justamente Laura Restrepo (n. Bogotá, 1950), publicaba un libro sobre este caso: Los Divinos (Alfaguara, 2018). A ella, como a mi, como a muchas personas, le había incomodado tanto este caso que no podía dormir y necesitaba vomitarlo, desmenuzarlo, retratarlo. No desde la víctima. Sino desde la mirada del asesino y su entorno. 

El libro lo compré en Colombia. Para mi fue simbólico. Lo comencé a leer en el vuelo de regreso a México y no podía parar. Restrepo brinda un retrato íntimo sobre el machismo, las masculinidades, las diferencias de clase, de raza, que pesan tanto a los ignorantes. El libro está tan bien escrito, que se te pega a las manos, porque es una novela necesaria, valiente, denunciante. Todos deberíamos leerla.

Laura Restrepo grita, cuestiona, expone. Crea un retrato tan cercano y sin morbo. Sobre un grupo de amigos que han crecido en medio del dinero y del poder, rodeados de lujos, de excesos, de viajes, de incondicionalidad y encubrimiento mutuo como parte del pacto de amistad entre machos. Desgrana con gran destreza la forma en que miran a las mujeres, la forma en que se relacionan con ellas. Refleja tan bien el narcisismo y la insensibilidad, la bestialidad, porque como ella escribe: “Para sentir algo se impone ser persona”(p.237).

Algo que me parece importante rescatar es que no culpa a sus padres. Son parte de la historia, tienen sus acciones: límites que no se pusieron, ojos que se cerraron, faltas sin castigo. Al final el monstruo creció con ellos, a un lado. Pero no todo es su culpa. Los seres humanos tarde o temprano crecemos y podemos elegir e inevitablemente debemos ser responsables de nuestras acciones. 

Este sábado al despertar leí una noticia similar. Una joven de quince años que estaba cuidando a sus hermanos en casa de su madre, salió para la casa de su padre y nunca llegó. Al día siguiente la encontraron violada, torturada y asesinada. Le faltaba un brazo. El asco y la incomodidad me acompañó gran parte del día. No era Bogotá. Fue en el Estado de México, un estado en el que aumentan de manera alarmante los crímenes contra las mujeres, sin tener culpables, justicia, ni rastros. El crimen era tan parecido al de Yuliana que necesitaba escribir.

Las víctimas, casi todas, son pobres. Jovencitas de sueños truncados y bellezas cegadas. Mujeres que desaparecen con vida, en sus trayectos, en medio de sus actividades comunes, que dejan a sus familias heridas, marcadas. 

Lo que más espanta, o debería espantar, es que ante el tema se ha creado ya una invisibilidad de lo cotidiano, normalizando las noticias y los crímenes. “Alguien” secuestra jovencitas, las violan, las torturan, las matan y dejan sus cadáveres llenos de huellas, crueldad y bestialidad tirados como basura en parajes. “Alguien” que no conoce la vergüenza, el remordimiento o los límites. “Alguien” que no parece humano. “Alguien” que sigue anónimo. 

No hay culpables. No hay investigaciones contundentes. No hay justicia. 

Estos crímenes deberían ser la vergüenza de toda una sociedad inerte que no hace nada, que no exige justicia, que ignora o sólo alza los hombros y dice “una más”. Mujeres que quizá fueron seguidas y analizadas por días sin sospechar, que fueron seleccionadas como si fueran mercancía. Vendidas quizá. Nombres y nombres, que hinchan las putas estadísticas, mientras las autoridades cruzan sus brazos, alargan los procesos y no resuelven nada. Nada. 

Mientras tanto me siguen rebotando preguntas en la cabeza, ¿Qué lleva a una persona a cometer un crimen tan inaudito, innombrable?, ¿Cuántos límites tuvo que saltarse a lo largo de su vida o incluso no tenerlos para sentir que podía hacerlo sin repercusiones, simplemente creer que podía hacerlo?. Ya cantaba Mecano en Otro muerto: “yo no sé, ni quiero, de las razones, que dan derecho a matar, pero deben serlo, porque el que muere, no vive más, no vive más…”


Bogotá, Colombia, Mayo 2019

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica. Autor de "Las intermitencias del amor"

 

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