¿Orgullosos de qué?

Mi historia es similar a la de muchos y, sin que haya pasado tanto tiempo, a varios millennialsles parecerá surreal.

Escondido, aislado, incomprendido, inaceptable, defectuoso, pecador, condenado, confundido, enfermo, necio, absurdo, sinsentido; sin aplicaciones que te permiten saber que hay más de cien personas como tú a menos de quinientos metros de distancia; sin las grandes marcas de ropa, servicios financieros y las propias instituciones de gobierno celebrando el día de la diversidad con inmensas banderas que inundan la avenida más importante de la ciudad; sin iglesias de todo tipo y grupos policiacos asistiendo a los eventos para “pedirnos perdón”. ¿Perdón por qué? No fue a nosotros a quienes encarcelaban organizando redadas en los pocos bares que permitían entrada a los diferentes. Fue a tus antecesores, a los míos, a los primeros que de alguna u otra manera se levantaron, gritaron, vistiendo pelucas y ropa entallada, exigiendo su derecho a salir a la luz, a existir y a coexistir.

La primera pareja homosexual que tuve vivía con tanto miedo como yo. No nos atrevíamos a darnos la mano en la calle; decirles a nuestras familias que éramos pareja iba más allá de cualquier ilusión que pudiéramos tener; un beso entre nosotros era extraño, prohibido, pecaminoso, con tanto placer como culpa, incluso estando en la intimidad. 

Los primeros que no nos aceptábamos fuimos nosotros. Alguna vez me atreví a preguntarle si quería que fuéramos al “Distrito Federal” a marchar por nuestros derechos. ¿A qué?, contestó, no tengo nada en común con esos exhibicionistas, descarados, irrespetuosos. ¿Cómo quieres que nos respeten si salimos a las calles vestidos como payasos? Es por culpa de ellos que la sociedad nos rechaza.

En la calle no sufrí — o no “he sufrido”, más bien — tantos ataques. Algún auto que se estacionó y del cual bajaron sujetos con palos para perseguirnos, al ver que éramos dos hombres besándonos. En otra ocasión, un hombre que, caminando ya por el Distrito Federal de la mano con alguien, llegó a gritarnos que nos acercáramos a Dios, que únicamente él podía ayudarnos a encontrar el camino y no perdernos en el pecado. Un vaso con líquido que me calló desde un auto en movimiento mientras caminaba, seguido por un grito… ¡PINCHE JOTO! … y despareciendo de mi vista mientras las carcajadas de los tripulantes se disolvían en la noche. Un jefe del Opus Deia quien yo le tenía pavor; me preocupaba que se enterara de mi realidad y me despidiera. Él dijo en una ocasión “no tengo nada en contra de los homosexuales, simplemente no los entiendo, es como si sus vidas no tuvieran motivo”. Un hermano que exigió que saliéramos del cine cuando se dio cuenta que la película que habíamos entrado a ver era de temática gay.

Los peores ataques fueron en el seno familiar… Alguien alguna vez me dijo que los peores contrincantes no los encontrarás en la vida, sino en tu propia familia. En esos ataques prefiero no abundar. Todos los conocemos, todos los hemos vivido. Unos hemos logrado reconciliarnos con estos; seguro hay quienes seguirán derramando lágrimas cuando se encuentran con párrafos como este. Saben lo que es la soledad, el desprecio, el rechazo y la opresión.

¿Pero en qué siglo fue esto?, se preguntarán los jóvenes de veintitantos a quienes hoy les festejan su mes en el trabajo, a quienes sus padres les preguntan si tienen “pareja”, antes de preguntarles si tienen novia o novio. No fue hace mucho, finales de los años noventa, inicios del siglo que corre. 

Así pues, vivo agradecido por ser testigo, aun en mi plenitud, de tanto cambio. De saber que ya es legal el matrimonio igualitario en Ecuador y en los consulados de México en el mundo; de que en Brasil se haya sentenciado la homofobia como un delito equivalente al racismo; de que la ONU se haya pronunciado en contra de las terapias de conversión; de que en Botswana eliminaran las leyes que castigan las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. 

Nos falta que se sume aquella a quien Fernando Vallejo bautizó cariñosamente como La Puta de Babilonia, pero supongo que ella tiene menos esperanza… Démosle unos siglos más para que reaccione la pobrecita.

También vivo agradecido por mi realidad. Porque en mi trabajo conocen y admiran a mi pareja. Porque hay quienes nos ven como un ejemplo a seguir. Porque alguien muy especial para nosotros nos dijo: “incluso son mejores que muchos heterosexuales”. Porque tengo el valor y el orgullo de colocar mi inmensa bandera en la ventana de mi departamento durante el mes de junio, con la misma libertad que colocaría la de México en el mes de septiembre.

De eso podemos estar orgullosos queridos. De aceptarnos, de luchar, de no sucumbir ante el odio, de persistir.

Así que, parafraseando un poco las canciones que todos conocemos y muchos adoramos; deja que la gente te señale, te apunte con el dedo, susurre a tus espaldas, que a ti te importe un bledo. Suéltate el cabello, vístete de reina, ponte tacones, píntate y sábete bella. Mientras sepas cómo amar, seguirás con vida, tienes toda tu vida por vivir y todo tu amor para dar… Sobrevivirás… Tranquilizate; allá en Reforma te espera tu manada, tus hermanos del alma, el hombro que te levanta, tu tribu, tu equipo, tu raza, la mano que te respalda. *

Ve a Reforma y dile al mundo “Aquí estoy, no voy a cambiar… sería mejor si cambias tú”. **

  • * Parafraseo de canciones: ¿A quién le importa?, compuesta por Carlos Berlanga y Nacho Canut. Todos me miranTribu, ambas de Gloria Trevi, así como de I will survivede Gloria Gaynor.
  • ** Parafraseo de la película: Boy Erased, escrita y dirigida por Joel Edgerton.

Autor: Ricardo Castañeda

Licenciado en Relaciones Internacionales. Maestro en Economía. Cinéfilo y runner de 10K o más. Fan de la Bandera del Orgullo

 

One Response to “¿Orgullosos de qué?”

  1. liliana

    que bueno que vamos avanzando….la unión es el camino,mas nó la deligualdad ni desunión……..EL AMOR es lo que triunfará,sigamos unidos y luchando,estamos en la era del cambio,de la conciencia

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