La edad de la soledad

Tengo la edad de la soledad. La edad donde las arrugas se multiplican, donde el paso se vuelve lento, donde la amargura o la añoranza te empañan los recuerdos, donde el futuro se acorta, donde el valor flaquea. Esa edad donde te recriminas lo que no hiciste, lo que no te atreviste a hacer, mucho más de lo que sí hiciste y no resultó.

Tengo la edad donde los amigos están haciendo su vida, con sus parejas, con sus hijos, con sus nietos, con sus sueños. Esa edad donde se acabó el atractivo que algún día tuviste, donde comienzas a ser un despojo de ti mismo.

Pero qué puedo decirte. Sin darme cuenta así lo elegí. Siempre elegí a los otros, no a mí. Siempre dejé que eligieran por mí. He vivido haciendo realidad los sueños de los demás. Los míos no importaban mucho. Siempre sentí que debía cumplir o pagar por lo que me había dado. Hasta ahora comprendo que quien no se realiza se vuelve estéril, por eso terminan alejándose de ti, no tienes nada que decir, sólo quejas, sólo recuerdos, sólo silencio. Porque no envejece ni se atrofia quien siempre tiene algo que hacer, quien se levanta con un objetivo cada mañana, quien cuida de sí mismo.

Sueños tuve muchos. La gran mayoría no los cumplí. Por ejemplo, siempre quise tener una pareja. Pero lo dejaba en último lugar. Primero estaba el cuidar a mis padres, principalmente a mi madre. Me sentía con la obligación de pagar cada sacrificio. Como si eso se pudiera, o se debiera. Pero mira a qué edad me vengo a enterar. Siempre traté de ser el hijo perfecto, de cumplir los sueños que ella no había cumplido, de cuidarla cuando se quedó sola. De enojarme con mi padre cuando le fue infiel, como si me lo hubiera hecho a mí. Qué metiches podemos ser los hijos. Nos entrometemos en los temas de pareja, de dos. Bueno y es que luego ellos nos meten. Es obvio que a mi madre le dolía, pero ¿yo que podía hacer? Y sin embargo me quedé solo, igual que ella… bueno, no, ella siempre me tuvo a mi. Yo a nadie.

No sabes cuantos amores rechacé o se acabaron demasiado pronto. Al principio les echaba la culpa. Si no eran pacientes, si me eran infieles, cualquier cosa. Obvio no aguantaban estar en último lugar. Hoy no los culpo. Era un error que no veía entonces. Si mi mamá me llamaba, yo corría de donde estuviera. Si algo se le ofrecía a mi hermana, dejaba lo que estuviera haciendo por ir con ella. Si algo necesitaban mis sobrinos, se los daba, aunque me quedara sin vacaciones o sin la ropa que me gustaba.

Sí, me encantaba viajar. Pero lo hice poco. Si no podía llevar a mi madre, no salía. Me sentía culpable si tenía cosas que ella no. Quedaba poco para mí. Vivía a cuenta gotas. Por eso devoraba los instantes de corta y ficticia libertad. Las noches de fiesta, siempre ocasionales. Los encuentros fugaces con alguien, porque claro, era especialista en enamorarme de imposibles y a quienes se interesaban en mí, les buscaba cualquier defecto y me alejaba. Por eso evité sentir para no añorar, para no desear de más, para no encariñarme y me rompieran el corazón. Aprendí a conformarme.

No, mi trabajo no me apasionaba. Digo, era funcional, me gustaba tener dinero, pero nunca sentí pasión, o esa vocación que le llaman. Mi carrera es tan repetitiva. Pero me servía para sentirme útil. Siempre encontré trabajos que me absorbían demasiado. El mismo modelo. Me quedaba horas extras, me desvivía por cumplir, por dejar una buena imagen, por hacer hasta el trabajo de otros. En fin, nos casamos con aquello que creemos que funciona y lo repetimos hasta agotarlo, incluso cuando ya no funciona. Cuantos enredos podemos inventarnos sin ver lo evidente. Quizá eso sea lo único bueno de la soledad, te sobra tiempo para pensar.

No, no puedo quejarme. Duele la realidad, pero yo la elegí. Jamás quise rebelarme ni luchar por mi libertad. Somos el resultado de lo que hicimos y dejamos de hacer. No me queda duda. Yo siempre viví cediendo mi vida, cualquiera podía tomar el control, a cambio de una mirada, de un reconocimiento momentáneo. Así se vive cuando sientes que algo no va bien contigo, que decepcionas, que te exigen demasiado, tratas de ceder, entras en la esclavitud. Y la culpa, la maldita culpa eterna.

Te cuento esto, porque si no nadie lo sabrá. A nadie más puedo contárselo. Lo que no te atreves a vivir, muchas veces no vuelve. La juventud se acaba. El tiempo se va. Las personas se alejan. El hubiera te remuerde. No queda más. Al final sólo está lo que tú construirse y no siempre lo que das se queda. La muerte llega. Los adioses crecen y la soledad te grita cada noche, cada vez que llegas a casa y dejas las llaves en la mesa de entrada y nadie te recibe. Las luces apagadas. Los sueños rotos. El silencio. No hay nada. No hay nadie.

Autor: Luis Miguel Tapia Bernal

Terapeuta en Constelaciones Familiares. Máster en Terapia Breve Estratégica. Autor de "Las intermitencias del amor"

 

 

 

9 Responses to “La edad de la soledad”

  1. Josías Emmanuel Cortés

    ¡Está muy fuerte éste artículo!
    Me identifico tanto, y siempre estamos postergando la felicidad: cuando termine una carrera, cuando tenga una pareja y dandi el tiempo y energía a los demás, lo cual no es que esté mal, es que olvidamos cuidarnos a nosotros mismos protegernos y hacernos felices aunque sea con pequeños detalles. Con un día a día monótono o trabajos que en nada nos satisfacen, como dices con la mera intensión de producir y estar en constante movimiento.

    Y así nos reflejamos contigo en nuestro espejo y cada uno buscamos hacia dónde virar para lograr un poquito de felicidad.

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  2. Daniel altamirano

    Es Tan verdad y tan duro el leer tu vida en palabras de alguien más, muchas gracias por compartir y hacer reflexionar sobre cosas que en ocasiones es difícil explicar a alguien más

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  3. Marcelino Rodríguez V.

    Muchas gracias… Siempre tan acertado con tus historias. Un fuerte abrazo… Saludos!!!.

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  4. Monica Ambriz

    Luis, que te puedo decir…. tus publicaciones siempre tan asentadas, excelente
    Un abrazo

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